Pensé que haría más frío al salir de la terminal del aeropuerto de Praga. Tuve que esperar cinco minutos en la cola, para tomar un taxi hasta el hotel. Y me resultó agradable la brisa. A primeros de marzo, supuse mal, que sería más baja la temperatura.
Me había invitado una amiga a una fiesta que celebraban todos los años, con amigos de todo el mundo, a los que habían conocido el año anterior. Por lo que ninguno de nosotros se conocía entre sí. Lo festejaban ella, que era agente de viajes, y su hermana Iva que tocaba el chelo en una orquesta europea.
A mi me llegó la invitación de Anna en el mes de enero. Cuando la recibí pensé que aún faltaba muchísimo tiempo. Pero pasó a la misma velocidad del rayo. Y ya estaba aquí. Camino del hotel que había reservado muy cerca de El Castillo -visita obligada de turistas; sería incapaz de escribir el nombre sin mirarlo- y de su casa. Aunque era la primera vez que asistía a la fiesta. Ya había estado allí durante un romance que tuvimos hace cinco años. Sabía de la celebración, pero como nuestro affaire duró sólo un noviembre, ella me dijo que no me invitaría hasta que pasara un tiempo. Por eso mi sorpresa al recibir su carta. Cumplía su promesa.
Después de dormir la siesta, me despertó el timbre del teléfono de la habitación. La recepcionista me avisaba que me recogerían a las ocho y que estuviera preparado. Aún quedaba tiempo, cerca de hora y media. Y ya me había duchado al llegar al hotel. La televisión estaba encendida en un canal de música. Llamé a Madrid a mi amiga Paula, que había dado a luz hacía tres días. Sabía a lo que me arriesgaba. A la hora, ella seguía contándome el parto y como su pareja se había desmayado. Cuando colgué, el pelo junto al auricular me sudaba. Fui al cuarto de baño y me lavé la cara. Sonó el teléfono de la habitación. Me estaban esperando. Habían llegado media hora antes. Bajé a la recepción esperando encontrar a Anna. Pero no. Sólo había una mujer más joven que ella, de pelo corto, de ojos azules y… de pie, junto a los mullidos sillones. La chica tras el mostrador me la señaló con la mirada. Por lo que me acerqué y dije:
- Hello, I'm Charles.
Ella dijo:
- ¿No eras tú el español?
Yo asentí con la cabeza, porque no lograba articular palabra. Y ella continuó:
- Soy Iva. Viví en Barcelona. Por eso me envió mi hermana. Aún queda tiempo, ya sabrás que Anna tarda en arreglarse. Hace muy buen tiempo ¿Te parece sí damos un paseo hasta la casa?
Yo dije:
- Claro - y me agarré de su brazo. Pese a resultar descortés, era una costumbre adquirida cuan me atraía una mujer. Una defensa para no llevar la iniciativa desde el comienzo, que me permitía escuchar y a la par sentirla. Cuando una persona, camina y habla, provoca una fuerte transmisión a través de los brazos, porque suele impulsarlos al andar o moverlos al hablar. Trucos de perro viejo y tímido; aunque pareciera lo contrario.
La verdad que no sé cuanto tiempo estuvimos paseando, salvo por el dolor de pies que provoca el suelo empedrado de las calles de Praga.
Recordé los arcos de la puerta de la casa de Anna, cuando Iva separó los labios de los míos.
Ella dijo:
- Es muy tarde. Espero que los demás hayan llegado. Anna es muy celosa.
Yo dije antes de volver a besarla:
- Me quedé dormido y tardé en vestirme. No se hable más.
Ella dijo:
- De acuerdo. Pero déjame la llave de la habitación, vi que no se la entregaste a la recepcionista.
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Carlos M. Corchado